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24 de septiembre de 2009

Viaje hacía la tierra dorada


El calor era insoportable en esa época del año ahí en el Cairo, la colorista y abigarrada capital de Egipto que poseía en sus territorios la mayor concentración industrial de la nación árabe, junto a tantas otras riquezas culturales, como su industria editorial y cinematografica.
El Cairo originalmente estaba situado en el comienzo de delta del Nilo, cuna de faraones, pero con los años esta se fue extendiendo hacia el norte y el este, bucando el cauce principal del mismo rio.
La fuerte expansión demográfica que sufrió la ocnvirtió en la primera ciudad islámica/africana industrial, siderúrgica, mecánica, textil, química y también centro de comunicaciones, comercio administrativo y cultural por las cuales ahora ella estaba ahí como representante de su compañía en Nueva York.
La ciudad fue creada en dos partes: Al-Fustat 641 y Al-Qâhira 969, unidas en una sola, después de ser capital de los fatimíes, por Saladino. Los Ayyubies y los Mamelucos se encargaron de embellecerla hasta ser ocupada por los franceses entre 1798 y 1801; como capital de Mehemet Alí emprendió un fuerte saneamiento, expansión y modernización urbana de la ciudad hasta que Nasser la convirtió en centro político y cultural del mundo árabe.
Esa había sido parte de toda la información que había aprendido acerca de aquella ciudad dónde no sabía cuanto tiempo debería quedarse mientras salía de uno de los cuatro aeropuestos que poseía la ciudad camino de su hotel.
La composición de los barrios era pintoresca y contrastada por el impacto de la modernidad sobre la antiguedad árabe llena de colores. Los puertos fluviales estaban prácticamente desiertos a esas horas y la temperatura empezaba a descender al caer la noche y la luna se reflejaba sobre las suaves aguas dándoles un tono purpura mágico.
Se sentó cómodamente en el asiento trasero del taxi, con olor a pino y sacó los papeles del contrato para revisarlos una vez más bajo aquella tenue luz del atardecer hasta que la oscuridad la obligo a dejarlo y contemplar el paisaje que se abria ante ella al paso del coche. Después de aquel trabajo tenía que hacer una visita a Argel y quizás con un poco de suerte le dieran unas merecidas vacaciones y podría ir a su Escocia o a Irlanda. Pero ahora eso debía esperar, quizás su estancia en ese país fuera más larga de lo que creía en un principio y apenas sabía nada de las costumbres del lugar.
Las viejas edificaciones parecían resplandecer con luz propia resaltando el encanto de sus doradas tierras, había oído hablar de ella y visto películas, pero nunca antes había estado en esa parte de la tierra donde todo parecía tan distinto a lo conocido.
Suspiró y miró su reflejo en el cristal de la ventanilla, su fino y hermoso rostro se veía cansado, lejano y entristecido. Su cabello rojizo estaba recogido y oculto bajo una gorra, llevaba una camiseta ancha al igual que los pantalones. Para que arreglarse, así sus snesuales curvas quedaban ocultas bajo la comoda ropa. Sus apetecibles labios rojizos buscaron la botella de agua que sujetaba y cerró los ojos dejando que el transparente líquido resbalara por su garganta, perdiéndose de nuevo en sus pensamientos sobre el mundo. Cuantas cosas desconocía y cuantos secretos por descubrir había en el mundo, seguramente estaban ahí todas las respuestas y no las sabían ver pensó ¿Por que todo era así?
El coche paró frente a un delicado y hermoso hotel que parecía un oasis en medio de la nada, las palmeras se elevaban hacía el cielo a ambos lados de la entrada, una pequeña fuente marmórea recorría la jardinera ahora dormida, llenando el silencio con su sonido calmo. Observó el resto del edificio,parecía estar echo con la misma arena dorada del desierto combinado con marmol blanquecino y rosado. Seguramente elprimero era color hueso, pero con la oscuridad no podía saberlo con seguridad. Sus sinuosas formas curvilíneas le daban una specto majestuoso, lleno de cúpulas que formaban pequeñas casas y plantas, reafirmando su primera impresión de que parecía un pequeño pueblo.
Estaba un poco alejado del centro peor no le importo, así estaría más tranquila, conseguiróa un coche para cubrir las distancias necesarias y listo.
El conductor del taxi ya había sacado sus maletas del coche y la había dejado en el interior de la amplía recepción y esperaba a que le pagará, esta lo hizo y entró en el edificio, había pocos muebles, peor los que había seguían la slíneas de los dorados y el mimbre a excepción de los casilleros de las llaves, estos parecían de oro blanco por su color argénteo y brillante.
Todo el interior olía a especies y aquellas extrañas campanillas que se abrían por la noche perfumando el aire. Miró hacia el fondo y vio que las paredes se abrían en una bóveda sin cristalmostrando el impresionante cielo estrellado, le parecía que ahí había má sestrellas que en cualquier otro lado y alrededor del patio caían colgando las flores. Siguió con la vista las escaleras que se bifurcaban perdiendose entre las osbras, una hacia la derecha y otra a la izquierda para ir a las plantas superiorespor el exterior del edificio proncipal. También había un ascensor de madera con ribetes dorados delante de la recepción. Una vez efectuada la primera inspección se acerco hasta el receocionista y sonrió levemente mostrando su acreditación.

Nikta

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